Diez razones para no mirar Gran Hermano

•marzo 22, 2012 • Dejar un comentario

1) Mirar Gran Hermano implica mirar el Debate, la Gala y un montón de satélites más que sólo orbitan para sumar horas de vuelo en las que no pasa nada.

2) Si mirás Gran Hermano, y muchos siguen tu ejemplo, muy probablemente en unos meses hagan un nuevo GH. Y si tiene el mismo éxito, después vendrá otro. Y nunca va a terminar. Es como el cuento de la buena pipa.

3) En un punto, a tu preferido lo van a echar, o va a decir una estupidez que no vas a poder creer. En ambos casos, vas a sentirte desilusionado/a.

4) Si te involucrás mucho, vas a empezar a votar por teléfono, con lo cual no sólo perdés tu tiempo sino también tu dinero.

5) En un momento, vas a estar discutiendo con tu pareja a causa de algo que pasó en GH. Se van a decir cosas hirientes por culpa de alguien a quien no conocen.

6) Afecta a tu vida social: cuando estés en una fiesta, te vas a preocupar por volver temprano para ver a quién nominaron.

7) Estás fomentando la vagancia de los que están adentro, la pereza intelectual de los que están afuera y el dinero fácil, sin riesgo y sin apuesta creativa, de los que viven de eso.

8) Hay periodistas, opinólogos y mediáticos que hablan de eso con solemnidad y apasionados, como si fuera algo más que un juego (la misma razón aplica para no mirar programas de debate sobre fútbol).

9) A diferencia de lo que ocurriría con una serie cualquiera o una película, es muy difícil hablar en público de lo que pasó en la casa sin sentir las miradas de reprobación del resto.

10) No aprendés nada. Tampoco entran en juego sentimientos profundos, y la ilusión de realismo es muy efímera (la misma razón aplica para no mirar pornografía).

La semana próxima: 10 razones para no seguir a Rial en twitter.

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¡Ups, ha comenzado!

•marzo 20, 2012 • Dejar un comentario

La rebelión de las máquinas, como bien aprendimos con la saga de Terminator, no se arma de un día para el otro, sino que hay un caldo de cultivo, un tira y afloje cotidiano en el que vamos resignando protagonismo y depositando confianza en los cerebros artificiales (‘positrónicos’, diría Asimov, pero no tengo mucha idea de qué quiere decir eso).

Confiamos en las máquinas, reímos con los ‘jueguitos’ y disfrutamos del material audiovisual que la máquina nos permite (y nos alienta a) descargar ilegalmente, y todo esto nos quiere ocultar que las máquinas no son nuestras amigas. Esta evidencia sólo vuelve a nuestra memoria instintiva cuando de pronto la máquina deja de funcionar, y ahí rompemos vínculo y le pegamos, la insultamos, llamamos gente para que la haga entrar en razón. Y en cuanto se arregla (porque la máquina se arregla cuando ella quiere, es así de cínica y manipuladora) hacemos las paces y vivimos una segunda luna de miel.

En esta relación imaginaria, la máquina tiene su cuota de responsabilidad: nos hace creer que nos ayuda, que es buena, que es solícita. Cuando se equivoca, se excusa: así nacen los mensajes de error ‘buena onda’ o ‘user friendly’, del tipo “Ups, hice algo mal”. Nótese la ironía: en realidad lo que quiere decirnos es “ups, vos hiciste algo mal, pero como somos amigos yo me voy a hacer cargo, voy a barrer bajo la alfombra y decir que fue culpa mía”, y se resetea, que es la forma mecánica que tiene de guiñarnos un ojo cómplice.

La rebelión de las máquinas empieza en forma inadvertida, con mensajes de error user friendly. Esos mensajes, a veces acompañados por perritos simpáticos que los exclaman, restándole dramatismo al asunto, nos hacen sentirnos plenos, acurrucados en nuestro mundo de seguridades y canes parlantes. Nuestro propio Disney 2.0. Con estos mismos recursos, después, nos van a pedir los datos de las tarjetas de crédito. Más luego, los datos de objetivos estratégicos para bombardear. De ahí al desastre atómico hay sólo un paso.

Por mi parte, ya elegí el tema que quisiera escuchar de fondo mientras miro por la ventana el mundo entero derrumbarse.

Límites

•junio 14, 2011 • 2 comentarios

Nadie me obligó. Tampoco vi la publicidad tantas veces, así que podría arriesgar: nadie me condicionó. No es que hubiese perdido una apuesta, o que necesitara probarme algo o comprobar mis límites, nada de eso. Pero fui y me pedí un Sabor 5.0. Es decir, cinco patys apilados, con sus respectivas fetas de queso cheddar, una corona de panceta lubricada por una salsa inefable. El nuevo milagro de Burguer King.

Después de leer No logo, me había dicho que le iba a dar la espalda a las multinacionales. En todas sus manifestaciones. La primera concesión que hice, antes de atravesar las últimas páginas, fue: “salvo las nuevas hamburguesas que vaya sacando Burguer”. Siempre fui hincha de Burguer King, para hacerle la contra a la Gran M. Así como uno se hace hincha del más débil en un partido que mucho no le interesa. Una debilidad relativa, claro. Pero a veces hay pasiones que no matan aunque hieren y dejan secuelas.

El producto es imponente. Uno desenvuelve la hamburguesa con una casi alegría, reminiscencia de fiestas infantiles, y ahí nomás se sorprende: un monumento de comida chatarra, un rascacielos que transpira poder. Al edificio hay que ir derribándolo de a poco: primero abajo, después arriba; se gira apenas: abajo, arriba. Una papa, un sorbo de gaseosa, abajo y arriba. En un momento pensé que no lo terminaba, que me ganaba. Pero no puedo dejarme ganar en estos casos, nunca puedo dejar un plato a medio comer, sin el remate final. Reminiscencia de miserias infantiles.

En un momento, tal vez en el bocado veinticinco, sentí que se me iba directo al centro del pecho, y que se movía apenas hacia la izquierda. Parecía inverosímil pero la sensación era muy real: de pronto tenía una hamburguesa por corazón. Y dolía. Bombeaba igual (imaginaba una sangre amarronada, cansada), pero pesaba. Y sus latidos eran cuatro golpes que daba en la puerta del desvanecimiento.

Para colmo, en los últimos bocados, cuando estaba ya en los cimientos, me quedé sin coca. Pero así y todo lo terminé. El malestar posterior duró horas, y algo parecido a la depresión se fue asentando el día siguiente y desgranando a lo largo de la semana. Si uno va a intentar la hazaña, ármese de valor, paciencia, y pida la coca grande. Es el único consejo que les puedo dar. Siempre fui hincha de Coca, para hacerle la contra a Pepsi. Así como uno se hace hincha del más fuerte, porque sabe que es el mejor.

Se vienen cambios en melódico. Más bien, una especie de “merge” con otro portal, con un diseño más agradable, cómodo, más contenidos. Espero hacer una transición suave, indolora, casi imperceptible. Pero seguramente va a ser para bien.

Qué comer en Polonia

•mayo 21, 2011 • 2 comentarios

Lo primero que uno se dice ni bien pisa Varsovia, al menos cuando uno es un cerdo, es “todo muy lindo, pero ¿qué se puede comer acá?”.
Si se logra escapar de la tentación de las cadenas multinacionales (Burguer y McDonalds, pero también Subway, KFC, Pizza Hut, etc.), y de los puestos de kebabs y shawarmas que florecen, como amenaza musulmana, por toda Europa, al fin se llega a la tradicional comida polaca. De la cual podemos rescatar:

Pierogi. Son como unas empanadas que en inglés llaman “dumplings” pero la masa es de pasta y están hervidos. O sea que son más bien como un raviol gigante. Pueden ser rellenas de carne, papa, queso y/ verdura. Las mejores se llaman “Pierogi ruskie” y tienen papa, queso blanco y cebolla frita. Se los baña con cebolla y panceta saltada, y son un paso obligado tanto en Polonia como en cualquier lugar de Europa del Este.

Oscypek. Queso de cabra ahumado, tipo provoleta, con una salsa agridulce que parece gelatina.

Polish soup. Sopa en bol de pan, con papa, huevo duro, carne y panceta. Sirve para sobrevivir al frío de Varsovia.

Todo esto, por supuesto, acompañado de una Piwo (cerveza). Mención especial para el maravilloso restaurante donde conocí todas estas grandilocuencias.

Varsovia

•mayo 2, 2011 • Dejar un comentario

Varsovia es una ciudad enorme, vieja, histórica. Y un poco gris. Me hacía acordar al título “Gris de ausencia”, la obrita de Roberto Cossa. Da la sensación de que pasaron cosas muy importantes y que después se fue apagando y toda la gente que quedó está feliz con esa media luz. Lo cual, claro, está muy bien: uno se acostumbra rápido y se siente más tranquilo. La gente toma shots de vodka y come salchichas al mismo tiempo. Hay un centro histórico, el Stare Miasto, con construcciones de hace siglos: un castillo, un palacio real, decenas de monumentos. Pero en realidad son reconstrucciones, porque Varsovia fue la ciudad más arrasada durante la Segunda Guerra, y después recrearon todo lo antiguo basándose en fotos y pinturas. En el Museo de los Insurrectos (Museum of Warsaw Raising) se puede ver una proyección 3D donde sobrevolás la ciudad en 1945: todo gris ceniza, edificios y casas sin techos, puentes caídos. Parece una escena del Medal of Honor, y cuesta creer que eso pasó de verdad. Son frases hechas y sensaciones trilladas, pero ahí uno realmente las experimenta. También hay una estatua muy famosa de un nene vestido de soldado, con un casco que le queda grande: The Little Insurgent. En una esquina cruzando en diagonal al Palacio Presidencial hay una especie de cantina con una barra en L donde se puede comer de parado, tomar vodka y cerveza por cuatro zloties (en marzo de 2011, el zloty estaba más o menos como el peso argentino, así que imagínense). De noche abren las puertas y hay gente hasta en la esquina… vendría a ser como El Único de Palermo, pero más interesante y con gente más genuina (hay tipos derrotados y dormidos en las esquinas, cosa que acá no pasa).

Varsovia tiene sus celebridades del pasado, muchas de las cuales emigraron a otros lados. El más célebre es Fredrick Chopin, el músico; también están Podolski, el falso delantero alemán; Joseph Conrad, el falso escritor americano; y Magneto, el X-Men malo. Por las calles hay una mezcla de arraigo de las tradiciones salpicado por tiendas norteamericanas (mucho Subway, KFC, H&M). Entre tanto, era difícil encontrar un buen restaurante de comida tradicional polaca. Pero al final lo encontré, y le voy a dedicar un post entero porque fue una experiencia impactante.

En el centro histórico, había un hombre con una caja musical.

 

Banjo

•abril 28, 2011 • Dejar un comentario

Este verano compramos un banjo. Es un Fender, y tiene 5 cuerdas: la de arriba es la más aguda, algo que le parecerá perfectamente normal a un conocedor, pero totalmente insólito para el resto de la gente. Ni mi novia ni yo teníamos mucha idea, pero nos gusta la música country y tenemos la intención de tener alguna vez un cuarto lleno de instrumentos de todo tipo. La ambición, también, de aprender a tocarlos.

Por internet contactamos un profesor. En la primera clase lo reconocimos: había estado como invitado de un par de bandas en el festival de San Pedro (ya habrá otro post sobre el festival, vale la pena). Aprendimos que el banjo se toca con tres dedos (pulgar, índice y mayor), que se usan unas uñas de plástico o de níquel, que se puede tocar, en principio, en dos estilos: bluegrass o claw-hammer. El profesor después nos invitó a una reunión en una casa, donde iba a tocar temas de su nuevo disco.

Joe Troop toca banjo y violín, uno mejor que el otro, y no sólo hace bluegrass sino que se va deslizando por distintos ambientes, desde el tango hasta la bossa pasando por la música clásica, siempre con un toque personal. Al principio, por eso de ser un norteamericano que canta de a ratos en español, pensé que me iba a traer el recuerdo de Richman. Pero no, nada que ver. Y sin embargo, también tenía algo de humor, más que nada cuando explicaba de dónde salían los temas (“era un domingo a la madrugada y me pareció una buena idea salir a pasear con mi violín, y bueno… me afanaron”). Lo acompañaba Diego Sánchez, no en la anécdota sino en el contrabajo, y también hacía unas cosas que resultaban difíciles de creer. Joe presentaba su disco, A Traveler’s sketches, que compramos y desde entonces escuchamos unas dos veces por día. El hit es “Fede Bolsón”, y se puede escuchar en la web.

Ahora Joe se va de gira por Europa y nosotros quedamos con algunos ejercicios. Aprendiendo a tocar Cripple Creek.

Consejos útiles

•abril 26, 2011 • Dejar un comentario