Desayuno americano

En el momento pensé “conmigo no van a poder”. Debería haber intuido el riesgo, el peligro que acecha latente en todo lo que a simple vista resulta demasiado atractivo. Pero no, bajé del ascensor, llegué a la confitería del hotel y, ante semejante despliegue de bandejas, aromas y colores, sonreí: “conmigo no van a poder”.

Desayunar en Estados Unidos, en casi cualquier rincón del país, es una experiencia culinaria distinta a cualquier otra: un mundo aparte. Desayunar en un hotel en el que podés probar todas las variantes (y, créanme, son muchas) del american breakfast, con un chef que cocina a pedido frente a tus narices, es ya un universo desmesurado, calórico, en ebullición.

Eran las 6 de la mañana en el Centro Tecnológico de Denver, y ya estaba bañado, vestido y listo para cruzar la calle y hacer las tres cuadras que separan el hotel de la oficina. Pero antes, un rápido y eficiente desayuno. Lo ideal, en esa primera mañana en un lugar ajeno, en la que debía conocer en persona gente con la cual sólo me había comunicado por mail o web conference, gente con la cual mantendría un vínculo laboral, tal vez, por años, esa mañana lo ideal hubiese sido desayunar ligero. Estar suelto para causar una buena impresión: el argentino presentable, prolijo, de buenos modales y gestos gráciles. Pero ante la posibilidad de lujuria, uno se miente y de buena gana se cree la propia mentira: “bueno, es algo nuevo, vamos a probar, puedo comprar algo livianito en el almuerzo; de todas formas, el desayuno es la primera comida, la más importante; estos yanquis sí que saben lo que hacen”.

Empecé con lo que uno primero se imagina del desayuno americano, lo que nosotros nunca tenemos: huevos revueltos. Es como una tortilla hecha en el acto, dos huevos sobre una sartén, que de por sí no parece tan impresionante. El secreto está en los ingredientes que uno puede sumarle, y que van armando un relleno: jamón, cebolla, pimienta, queso en hebras, panceta, tomates, hongos. El plato se completa con un par de salchichas de pavo, horneaditas, en paralelo. Eso y un jugo ya conforman un buen desayuno. Potente. A lo southern vikingo (expresión que acabo de inventar, pero bien se ajusta a lo que quiero decir).

Pero también hace falta un café, en cualquier lugar del mundo uno no despierta del todo hasta que no se toma un café. No es de lo mejor, el café americano. No, para nada, se parece al de Mc Donalds. Pero bueno, son costumbres difíciles de cambiar. Y también… ¿cómo privarse de un bagel, abierto al medio y tostado, untado con queso Filadelfia? Es genial, un festival de consistencia y sabor, que se disfruta hasta que te agarra la porteña nostalgia de la tostada con manteca. Pero alzás la vista y, en uno de los mostradores, ¿qué hay? Pan tostado y manteca. Así que por qué no hacer la comparación… un bagel con Filadelfia, una tostada con manteca. Dos pesos pesados, cada uno con sus virtudes, y uno anticipa que el duelo se repetirá a lo largo de dos semanas. Se disputarán rounds, habrá victorias siempre parciales, y la certeza de que el único perdedor es el organismo, que se deteriora irremediablemente. Es como si los golpes de dos boxeadores hicieran mella únicamente en el público.

El primer aviso del deterioro llega a media mañana, con un dolor estomacal que desemboca en un estallido rotundo, en el lugar que corresponde. Pero mejor dejemos lo escatológico de lado. También hay un malestar psicológico: uno se siente arrepentido, traicionado por sus propios impulsos, hasta el punto de no reconocerse: ¿quién era ese cerdo que comió tanto?, ¿por qué?, ¿qué le pasa?, ¿qué bache emocional intenta tapar con tanta comida? Como si la comida sola no alcanzara para justificar el festival de excesos.

Lo peor es que, como en cualquier adicción, al estado de desesperación sobreviene uno de tranquilidad: bueno, no estuvo tan mal. Mañana vamos a probar otra variante. Los waffles, por ejemplo, parecen una buena opción. Y así durante dos semanas. Al llegar a Buenos Aires, pesaba siete kilos más que al partir. En casa hubo un pequeño escándalo (“este no es el novio que despedí en Ezeiza”, dijo ella), y ahora miro mi café con leche, el humo que se dibuja, y dos (sólo dos) Cerealitas con queso crema. Una nueva compañía diaria, que (no les voy a mentir) no da tantas satisfacciones, pero tampoco provoca tantos desastres. El equilibrio, en el fondo, está bien.  

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~ por nacho en marzo 27, 2012.

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