Pier y yo

•junio 26, 2012 • Dejar un comentario

A mi vieja le gustan mucho los perros. De chico teníamos un terrier, se llamaba Pier, y ella tenía la costumbre de tratarlo como si fuera de la familia. Yo llegaba a casa y ella me decía “saludá a tu hermano gris” y yo “hola Pier” y él nada. Mamá nos quería por igual, así que con el tiempo como que empezamos a competir. Por ejemplo, yo tardaba más cuando me tiraba el palito, y me cansaba más rápido también. Yo era más educado en la mesa, pero Pier era más agradecido (se conformaba con cualquier cosa el muy obsecuente). Con los cuetes en las fiestas, los dos nos asustábamos por igual. Yo a mamá le hacía mejores regalos en su cumpleaños, pero Pier era más cariñoso. Yo era mejor en matemática, pero ella decía que la comparación era injusta porque Pier nunca había ido al colegio. Pier consiguió novia antes que yo, concretó antes también. Pier tuvo un hijo, meó un árbol y se comió un libro.

Un día conseguí trabajo y me fui de casa. Volví para año nuevo, llevé un vino y les conté de mis logros. Todos parecían bastante impresionados, Pier también. Es como si el tiempo nos hubiese reconciliado. Cada uno, a su tiempo, había madurado. Eso sí, cuando dieron las doce y afuera empezaron con los cuetes, corrimos juntos a escondernos bajo la cama.

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Cosas que uno no debería hacer en una primera cita (con ella)

•junio 11, 2012 • Dejar un comentario

Muy bien, nadie te tenía fe pero conseguiste esa primera cita con esa chica que tanto te gusta. Tenés miedo de que las cosas salgan mal, y es un miedo justificado: por lo general las cosas te salen mal, así que ¿por qué sería ésta la excepción? ¿Eh, nabo, por qué? En un servicio a la comunidad, repasaremos algunos MUST NOT de la noche:

Leer poesía. Por más que te guste mucho, hay chances de que a ella no. Y aunque le gustara, es probable que también le pareciese un poco rara la situación. También podría pasarte algo desagradable, como que te emociones con lo que estás leyendo y termines llorando, con lo cual existiría una remota chance de que ella se sensibilizara pero una gran chance de que tu hombría quedase por el piso. El hombre moderno puede permitirse un buen llanto, pero NUNCA en la primera cita.

Imitar caricaturas. Sí, todos sabemos que la voz de Don Gato te sale fenomenal, que tu baile a lo Johnny Bravo es idéntico, que nadie hace al Pato Donald como vos. Por mucho que quieras impresionarla, conviene dejar estos recursos para una cuarta o quinceava cita, donde haya más confianza y esté todo más o menos cocinado.

Gritar un gol. De hecho, sería preferible que durante la cita no estés escuchando el partido con una radio oculta, ni pispeando su transcurso en una tv de la locación. Pero si no podés evitarlo, tratá de moderar tus reacciones. Ella podría pensar que no estás muy interesado en lo que tiene para contar.

Demostraciones atléticas. La tentación es grande: ahora me arremango la remera, saco bíceps y le pido que lo toque. Sí, puede resultar, pero no, no conviene. En primer lugar, seamos sinceros: no hay mucho que mostrar. Y aunque lo hubiera, seguramente ella apreciaría que en una primera instancia intentes conquistarla por medios más intelectuales.

Chistes de Corona. Ni lo pienses. Y mucho menos aquél del tipo que tiene todo el pito cortado y un amigo le pregunta “¿pero qué te pasó”, “¿viste el tipo del circo que traga sables, come vidrio, fuego, etc? Bueno, ése es puto”. De muy mal gusto, y en especial si están cenando. Los chistes de Verdaguer, en cambio, sirven para amenizar la cena, siempre y cuando sean intercalados en un marco casual.

La cuenta. Por más que parezca abultada, es preferible no quejarse. Si la queja es inevitable, tratemos de no llorar. Si el llanto sobreviene, evitemos echarle la culpa a ella y a sus consumos. Pensá que, aunque hayan atravesado la cena, la cita no está aún terminada.

Monopolizar la charla. No acapares la conversación, no gesticules de más, demostrá una genuina preocupación por tu cita. El gesto de llevar el dedo índice a los labios de la dama, en señal de silencio, es romántico sólo en el cine. En medio de una conversación, mientras ella te cuenta un trauma de su infancia, puede quedar descortés.

Casa ajena. Bien, llegaste a su departamento. Casi que estás ahí, pero aún a tiempo de arruinar todo. Aunque ella diga “sentite como en casa”, no te quites los zapatos ni te flatules ni te pongas a freír patitas de pollo. Tampoco te tires panza arriba en el sillón y enciendas la tele. De hecho, harías bien en pasar por alto la invitación a sentirte como en casa, y más bien recordar que estás en casa ajena, y que el objetivo aún no está cumplido.

Acepta una derrota. Este consejo no necesariamente tendrás que seguirlo, ya que a esta altura, si hiciste las cosas bien, podés estar entre sus sábanas. Pero en caso de que no sea así, una batalla no es la guerra, y que ella haya rechazado la invitación a generar más intimidad en la primera cita, no es razón suficiente para insultarla, montar un escándalo, gritarle al mundo cómo perdiste tu tiempo y en qué podrías haberlo empleado mejor y retirarte indignado. El que bien pierde mejor acaba. Una buena estrategia para no claudicar del todo es robarte algún objeto valioso del hogar, y después llamarla para decirle que accidentalmente apareció en tu campera, y que no tendrías problemas en devolverlo. Así conseguirás una segunda cita, a fuerza de engaños, pero cita al fin.

¿No fue tan difícil, no? ¡Enhorabuena! ¿Cómo? No, no sé por qué te felicité, si aún no pusiste nada de esto en práctica. Supongo que por haber terminado de leer. ¿Qué? No, no te estoy subestimando. Claro que confiaba en que llegarías hasta el final. No, nunca dije ni quise decir eso. Sólo digo que… no sé… esto de que busques consejos para las citas indica no sos una persona muy… no, nada, no dije nada. Bueno, muchos éxitos, hasta la próxima.

Villa Gesell

•mayo 29, 2012 • 2 comentarios

Vine a Gesell a pasar una semana de vacaciones. Vine con Leti, mi novia, que también se pidió vacaciones (ella se pidió más días, porque trabaja para el Estado y le corresponden más vacaciones, porque ahí hay gremios y eso, beneficios, y miren cómo escribí todo esto sin una gota de resentimiento). La idea es descansar. Y planificar los detalles del casamiento, en diciembre. Todavía hay tiempo, pero nos anticipamos tanto como podemos a todo lo que vaya surgiendo. Ahora estamos con: lista de invitados y diseño de tarjetas.

En Villa Gesell, contra todo pronóstico, hay sol. Y no hace mucho frío. Está desolado, eso sí, como era de esperar. Parece una película de zombies sin zombies. Es otra ciudad que la del verano… se ve en el movimiento, en los precios (muchos locales en liquidación, ya preparándose para la próxima temporada), en el aire, en todo. Están construyendo bastante. Mi última visita fue en diciembre pasado, y ya hay nuevos edificios, locales, bares.

Uno se resiste a lo nuevo, más que nada cuando siente que pierde algo en el camino. Por ejemplo, hace uno o dos años pusieron un Mc Donalds en la Avenida 3. En Buenos Aires voy tanto al Mc Donalds como a Burguer casi sin culpa (el casi depende de si hago dieta o no), pero acá me resisto. Parece una boludez, pero cuando uno se mete entre los médanos y ve alguna que otra casita, puede imaginarse otra época, otro lugar. Y la M resplandeciente te tira todo abajo, te hace acordar que la aplanadora llegó a todos lados, que la vas a encontrar tanto acá como en Nueva York como en cualquier rincón del planeta.

Pero hay un rincón, acá en Gesell, que te permite recuperar la fantasía: el Viejo Hobbit. Es una casona un poco oculta, a unas cinco cuadras del centro, ambientada a lo Tolkien, donde hacen una impecable fondue de queso o chocolate, preparan cerveza y, algunas noches, hasta podés contar con música celta en vivo. Es otra fantasía, ya sé, pero más querible, y no tan insoportablemente redundante con lo que pasa en el mundo.

En nuestro caso, en cada visita hay que dedicarle una cena. Es una de esas cosas que siempre hacemos, como bajar del micro y almorzar en la parrilla Las Cuarenta, pasear bien abrigados por la rambla, merendar en Cachavacha, revisar novedades editoriales en Alfonsina, ir al Centerplay donde tienen un juego de fútbol que no vi en ningún otro lugar. Parece un post sponsoreado, pero no hay plata, nada más recuerdo y gratitud.

Con Leti nos conocimos hace casi tres años, y una semana después de conocernos vinimos a Gesell. En esta nueva visita, aunque llegamos ayer, ya encuentro similitudes con aquel viaje: invierno, sentir el viento que de a poco va gastando el edificio, pensar unas pocas salidas y el resto del tiempo quedarse en casa, mucha cama, antes guitarra y TV, ahora series en la notebook (Six Feet Under, Weeds, y los últimos capítulos de la inspiradísima Freaks and Geeks). Antes hablábamos de un futuro que, con una semana de relación, era más intención que otra cosa. Ahora bajamos esos planes a una nueva realidad. Y es una realidad que, como casi todo, tiene su encanto.

Bicicletas

•abril 19, 2012 • Dejar un comentario

En Diarios de Bicicleta, el ex Talking Heads David Byrne usa el medio de transporte para hablar de muchas cosas más: urbanismo, democracia, filosofía, política, turismo. Dedica capítulos a distintas ciudades vistas desde la perspectiva de la bici (Estambul, Berlín, y Buenos Aires, entre otras), y pronto pasa de hablar de los carriles exclusivos o su ausencia a la cultura, las prácticas del lugar, y otros aspectos bien interesantes. Habla de la relación entre planificación de tránsito e inseguridad (una ciudad pensada para movilizarse exclusivamente en auto, con más y más autopistas, será menos segura, porque la calle le gana metros a la vereda y en consecuencia habrá menos gente circulando, menos negocios, menos vida); consejos para ciclistas (desde tipos de casco hasta qué opción resulta más conveniente para un viaje); y reflexiones inesperadas en el contexto pero que resultan iluminadoras (en el capítulo de San Francisco, por ejemplo, habla del arte outsider vs el convencional, y plantea que tal vez único mérito diferencial del segundo sea su capacidad para relacionarse y moverse dentro del mundillo artístico).  Una de las cosas más interesantes es que abre muchos interrogantes y deja pocas respuestas, y va saltando de un tema a otro como si fuera un recorrido (en bici, claro) por senderos no convencionales. Parece un compilado de posts, y de hecho creo que la mayor parte está tomado de su blog.

Cuando habla de su preferencia por la bici, no la justifica, como sería de esperar, por razones ecológicas o del cuidado de la salud. Si bien eso es importante, dice él que lo que más le atrae de transportarse en bicicleta es la sensación de independencia y libertad que le genera poder ir de un lugar a otro a su ritmo, cambiar de camino al azar, detenerse en cualquier lado. Suscribo: hace poco que me pasé a la bici, y eso de lo que habla David Byrne es lo primero que noté, la revolución más inmediata. La bici es plegable, liviana, y la uso para ir al trabajo, a lo de mis viejos, a un recital. En el camino veo que hay cada vez hay más bicisendas, más conductores y peatones que se quejan, más ciclistas que les sacan provecho. Guste o no, está pasando.

De Baltimore al Docke

•abril 10, 2012 • Dejar un comentario

The Wire es una serie de HBO que, pese a ganar un montón de premios, acá no fue tan popular. Y eso que tuvo tiempo: cinco temporadas, entre 2002 y 2008. Como toda buena serie, tiene un gran tratamiento de personajes, que son muy humanos, atravesados por conflictos, pasiones, mañas, etcétera, y eso permite que la trama se sostenga en función de ellos, como pasaba también con Lost: gracias a ciertas pinceladas dentro de la trama uno los conoce y sabe cómo van a reaccionar ante esto o aquello, y eso le agrega un valor a la historia.

The Wire tiene cinco temporadas organizadas por ejes temáticos y espaciales: en la primera el tema es la droga y el escenario son los suburbios; en la segunda, el contrabando, sindicalismo y política, y se juega en el puerto; la tercera confronta la policía con, una vez más, la política; en la cuarta se habla del sistema educativo; y en la última se pone el énfasis en los medios de comunicación. Toda la historia se ubica en la zona oeste de Baltimore, Maryland, un suburbio salpicado de monoblocks, miseria, venta de drogas, policía ineficaz o corrupta, justicia cómplice, y en ambos bandos de la historia hay engranajes muy fuertes, aceitados con la costumbre y el paso del tiempo. Pronto se borronean los límites y policías y delincuentes se confunden, uno no sabe dónde está realmente la marginalidad, quién es el bueno, por quién hay que hinchar. Eso incomoda un poco, pero a la larga reconforta: es más real, y si bien las ficciones no tienen por qué ser espejos de nada, las comparaciones con cualquier urbanismo moderno son inevitables.

Al principio, si bien tenía sus particularidades, me hacía pensar en general en Buenos Aires, pero después me acordé de otra ficción, local esta vez, que hace unos años también me había causado mucha impresión: Okupas. Por causar impresión quiero decir que son esas series con las que te quedás enganchado una vez que terminan, como si los personajes siguieran viviendo más allá de la pantalla. La miniserie de Bruno Stagnaro compartía muchas características, desde el enfoque hacia la marginalidad hasta la construcción de los personajes, y hasta los viejos edificios de West Baltimore se parecían al complejo de Dock Sud donde Ricardo casi pierde la virginidad y mucho más. Las dos series tienen su ‘malo’ querible: el Negro Pablo de The Wire es Omar Little, un Robin Hood negro y homosexual que roba sólo a traficantes, que pese a todo mantiene su código y que está al margen de todo. En ambos casos, también, pasa la historia y queda la sensación de que no ganó nadie, de que es todo una mierda, de que ya perdieron desde antes, de que desde el momento en que se planteó la primera escena ya estaban todos perdidos. Y a diferencia de una película o serie demasiado digerida, acá nada termina bien, y por suerte uno queda bastante intranquilo.

Desayuno americano

•marzo 27, 2012 • Dejar un comentario

En el momento pensé “conmigo no van a poder”. Debería haber intuido el riesgo, el peligro que acecha latente en todo lo que a simple vista resulta demasiado atractivo. Pero no, bajé del ascensor, llegué a la confitería del hotel y, ante semejante despliegue de bandejas, aromas y colores, sonreí: “conmigo no van a poder”.

Desayunar en Estados Unidos, en casi cualquier rincón del país, es una experiencia culinaria distinta a cualquier otra: un mundo aparte. Desayunar en un hotel en el que podés probar todas las variantes (y, créanme, son muchas) del american breakfast, con un chef que cocina a pedido frente a tus narices, es ya un universo desmesurado, calórico, en ebullición.

Eran las 6 de la mañana en el Centro Tecnológico de Denver, y ya estaba bañado, vestido y listo para cruzar la calle y hacer las tres cuadras que separan el hotel de la oficina. Pero antes, un rápido y eficiente desayuno. Lo ideal, en esa primera mañana en un lugar ajeno, en la que debía conocer en persona gente con la cual sólo me había comunicado por mail o web conference, gente con la cual mantendría un vínculo laboral, tal vez, por años, esa mañana lo ideal hubiese sido desayunar ligero. Estar suelto para causar una buena impresión: el argentino presentable, prolijo, de buenos modales y gestos gráciles. Pero ante la posibilidad de lujuria, uno se miente y de buena gana se cree la propia mentira: “bueno, es algo nuevo, vamos a probar, puedo comprar algo livianito en el almuerzo; de todas formas, el desayuno es la primera comida, la más importante; estos yanquis sí que saben lo que hacen”.

Empecé con lo que uno primero se imagina del desayuno americano, lo que nosotros nunca tenemos: huevos revueltos. Es como una tortilla hecha en el acto, dos huevos sobre una sartén, que de por sí no parece tan impresionante. El secreto está en los ingredientes que uno puede sumarle, y que van armando un relleno: jamón, cebolla, pimienta, queso en hebras, panceta, tomates, hongos. El plato se completa con un par de salchichas de pavo, horneaditas, en paralelo. Eso y un jugo ya conforman un buen desayuno. Potente. A lo southern vikingo (expresión que acabo de inventar, pero bien se ajusta a lo que quiero decir).

Pero también hace falta un café, en cualquier lugar del mundo uno no despierta del todo hasta que no se toma un café. No es de lo mejor, el café americano. No, para nada, se parece al de Mc Donalds. Pero bueno, son costumbres difíciles de cambiar. Y también… ¿cómo privarse de un bagel, abierto al medio y tostado, untado con queso Filadelfia? Es genial, un festival de consistencia y sabor, que se disfruta hasta que te agarra la porteña nostalgia de la tostada con manteca. Pero alzás la vista y, en uno de los mostradores, ¿qué hay? Pan tostado y manteca. Así que por qué no hacer la comparación… un bagel con Filadelfia, una tostada con manteca. Dos pesos pesados, cada uno con sus virtudes, y uno anticipa que el duelo se repetirá a lo largo de dos semanas. Se disputarán rounds, habrá victorias siempre parciales, y la certeza de que el único perdedor es el organismo, que se deteriora irremediablemente. Es como si los golpes de dos boxeadores hicieran mella únicamente en el público.

El primer aviso del deterioro llega a media mañana, con un dolor estomacal que desemboca en un estallido rotundo, en el lugar que corresponde. Pero mejor dejemos lo escatológico de lado. También hay un malestar psicológico: uno se siente arrepentido, traicionado por sus propios impulsos, hasta el punto de no reconocerse: ¿quién era ese cerdo que comió tanto?, ¿por qué?, ¿qué le pasa?, ¿qué bache emocional intenta tapar con tanta comida? Como si la comida sola no alcanzara para justificar el festival de excesos.

Lo peor es que, como en cualquier adicción, al estado de desesperación sobreviene uno de tranquilidad: bueno, no estuvo tan mal. Mañana vamos a probar otra variante. Los waffles, por ejemplo, parecen una buena opción. Y así durante dos semanas. Al llegar a Buenos Aires, pesaba siete kilos más que al partir. En casa hubo un pequeño escándalo (“este no es el novio que despedí en Ezeiza”, dijo ella), y ahora miro mi café con leche, el humo que se dibuja, y dos (sólo dos) Cerealitas con queso crema. Una nueva compañía diaria, que (no les voy a mentir) no da tantas satisfacciones, pero tampoco provoca tantos desastres. El equilibrio, en el fondo, está bien.