El periodista

Cristina le dijo al periodista de Cadena 3 que su pregunta tenía una falla. Lo corrigió. El tipo le había hecho una pregunta con una afirmación implícita que ella tuvo que desmentir; de ahí la falla: eran dos preguntas en una. Apenas terminada la conferencia de prensa, todos los medios empezaron a analizar el supuesto exabrupto: ahora la presidenta quiere enseñarnos cómo hacer periodismo. El colmo, y además exacerbado por la soberbia tajante de sus palabras en la corrección. Los periodistas comentaban con sorna, y se entiende: lo de ellos es la humildad, tan necesaria para hablarle al pueblo (bah, a la gente). El incidente había dejado un saldo positivo para los imitadores, cómicos y pelotudos a sueldo. Y para los críticos o los defensores de la moral republicana, claro.

Dicen que el periodismo es un oficio. Lo dicen en las escuelas donde se intenta enseñar, en las universidades y en las redacciones: a escribir se aprende escribiendo. Y pese a que en ámbitos académicos quiera revestirse la actividad con teorías sobre el imaginario, la semiosis y el análisis discursivo, o darle al asunto de la comunicación un matiz social (se entiende: de compromiso social), lo que parece ser cierto es que ser periodista consiste, más que nada, en informarse y presentar una noticia con la mayor veracidad posible, y hacerlo de una forma que esté de acuerdo con las capacidades o las expectativas presentes, se supone, en la nebulosa de consumidores del medio para el cual se trabaja. Es por eso que la enseñanza periodística adopta la modalidad del taller: una vez más, a escribir se aprende escribiendo. Entonces, no es una ciencia. No maneja conceptos inasibles o de difícil acceso para el grueso de la sociedad. Por el contrario, la mera existencia de este tipo de conceptos haría peligrar su eficiencia (uno de los rasgos centrales en el producto periodístico).

Siempre pensé que toda ciencia es un sentido común especializado, o un sentido común en potencia, más que nada por la impresión de que el conocimiento que genera podría obtenerse al examinar un objeto con la debida paciencia. En el caso del periodismo, que no es una ciencia, es sentido común a secas, en el preciso momento en que se expresa y se reconstruye.

No se entiende, entonces, por qué tanta indignación cuando alguien de afuera, en este caso la presidenta, se mete con el periodismo. En el terreno legal, se puede relacionar con la discusión sobre el estatuto del periodista: ¿la actividad debería ser regulada de alguna forma?, ¿un tipo tiene que tener diploma para hacer periodismo o eso va contra la libertad de expresión? En los medios masivos, en todo caso, lo que queda es la queja indignada: ahora nos van a decir cómo tenemos que hacer las preguntas, nos va a enseñar técnica periodística. Lo dicen con el orgullo dolido de un cirujano que en plena operación hubiese sido cuestionado por el tipo que lustra los monitores de la sala, y en este sentido resulta hasta divertido. La raza de los periodistas, con sus intentos por ejercer la voz del pueblo, a veces me divierte. Otras veces me da bronca, puteo, los mandaría a la mierda.

Otras veces simplemente cambio de canal.

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~ por nacho en julio 4, 2009.

2 comentarios to “El periodista”

  1. qué bien que escribís Nacho!!! lástima las malas palabras…creo que no condicen con tu pluma; están de más…tratá de corregir eso…!! corregilo YAAAA!!!! TU MAMÁ

  2. jajajaja.

    Voy a tratar.

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