Breakable

Me rompí el brazo. Para ser más preciso, la muñeca. Más: el escafoides, que parecer ser un hueso minúsculo, complicado, traicionero. Lo peor fue tener que reconocer el carácter frágil de mi humanidad: con el tiempo y la salida airosa en sucesivos deportes, me autoconvencí de que era inmune a los golpes, algo así como Bruce Willis en Unbreakable.

Y pese a que la lesión pertenece al fútbol, no tuvo nada de heroica: estaba al arco, me patearon, puse mal la mano, la pelota me dobló la muñeca y entró igual. Al día siguiente, en la guardia de la clínica, estudios, salas de espera, y la novedad desde la sonrisa del médico.

Cuando me enyesaron, tras un momento de repasar aspectos básicos de la nueva condición (si puedo trabajar, cuáles serán las principales molestias, ensayar explicaciones) pensé en hacer una lista con pros y contras de tener un yeso en la mano hábil. En este caso, la izquierda. Anticipé que las contras serían más. Después desistí: escribir así cuesta el doble. Lo bueno, diría un amigo, es que uno piensa más (¿y mejor?).

Además, contra todo pronóstico, tuve una especie de depresión por invalidez. Más que nada por no poder hacer ciertas cosas (cortar la comida, escribir, tocar piano o guitarra, sonarme los dedos) y por modificar ciertas otras (bañarme con una bolsa de consorcio, caminar con pañuelo al cuello, dormir en otra posición). Así y todo, podría haber sido peor.

El inconveniente le puso un freno a la producción del disco, que gana en ideas y hace la plancha en realización. La invalidez me deja un terreno acotado para retocar detalles y experimentar: de pronto hago una base con batería electrónica, divertida, y al rato la borro. No sé si entregarme a la modernidad o conservar las tradiciones y la esencia. Para ponerlo en términos uruguayos, si Dani Umpi o Jorge Drexler.

Mientras tanto, Huracán golea, Pastore divierte, el LHC trastabilla, las elecciones anuncian un previsible juego retórico que no por lo gastado deja de entretener, Andy Chango se esmera en un disco voluntarioso y las pestes sobrevuelan el planeta. Y yo descubro a Asimov (casi tan sincero como los Beach Boys) y redescubro mi capacidad inoperativa, ahora reforzada y, lo mejor, justificada.

Y de reojo miro a Tinelli: volvió Leo Rosenwasser, que nunca debería haberse ido.

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~ por nacho en junio 3, 2009.

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