Una pena

Ayer recibí este mail de la carrera de comunicación, firmado por Alejandro Kaufman:

No lo puedo creer, no tengo palabras.
No lo quiero creer, no quiero tener palabras.

Debo cumplir con una obligación que no imaginé ni en mis peores pesadillas: la de informar la muerte de mi amigo Nicolás Casullo.

En el 2003 me inscribí en una materia que se llamaba Historia de los medios, y unos días antes de comenzar la cursada se moría Jorge B. Rivera, el titular de cátedra. Aunque algunos profesores parecían bastante afectados, yo no lo había llegado a conocer, y la tristeza o nostalgia vino como en diferido, cuando empecé a leer sus textos y a darme cuenta que hubiese sido bueno haberlo visto dar una clase.

Con Casullo sí cursé, dos veces: en Principales Corrientes del Pensamiento Contemporáneo (PCPC) y en Historia del Arte. Con PCPC, una de las primeras materias de la carrera, pasaba algo singular en los teóricos. En cada materia en comunicación vos tenés clases prácticas (con no más de cuarenta personas, asistencia obligatoria, orientadas más bien a la discusión de textos) y lo que se dice teóricos (clases multitudinarias, que si bien son de conocimiento obligatorio, nadie puede tomar asistencia). Entonces, a los teóricos va solamente aquel que tiene un interés real en la materia, en la práctica uno de cada tres alumnos. Podría decirse que los teóricos dan una magnitud de la calidad o más bien popularidad de la cátedra. Bueno, los teóricos de Casullo, en el aula magna, desbordaban su capacidad, y tenías que sentarte, no sólo en el piso, sino en el piso del pasillo. Y otra cosa que me llamó la atención es que, en más de treinta materias, fueron los únicos teóricos donde la gente, al finalizar, aplaudía como en el teatro.

En cuanto al contenido en sí, se hablaba de Baudelaire, Marx, Frankfurt, contextualizando pero también con una mirada de autor, y el punto de vista desde el que se hablaba de la cultura era más bien elitista, en contraposición a lo que podría ser, siempre simplificando, una cultura popular (se leía a Platón, no a Rodolfo Walsh).

Por eso me sorprendió volver a encontrar a Casullo en La voluntad, de Caparrós y Anguita. Enterarme que el viejo intelectual, al que desde mi adolescencia tardía miraba con desconfianza, había estado en el Mayo francés, tenía una madre peronista, militaba en los setenta. Es decir, era mucho más que un tipo que escribe libros.

Hoy la noticia la levantan Página/12 y Crítica en la columna de Caparrós.

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~ por nacho en octubre 10, 2008.

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